Tras las Navidades y el tiempo de recogimiento, nuestras vidas de mototurista comienzan con un hito significativo: las concentraciones invernales. Eran la excusa desde hace más de 40 años para encontrarse los amigos y los motoclubes en aquellos tiempos en los que no existían redes sociales ni teléfonos móviles. Sé que hay muchas, cada una con su estilo, pero la que me gusta a mi es la Leyenda que se organiza en Cantalejo desde hace diez años. Una invernal que derrocha tranquilidad, buen ambiente, camaradería y un sabor muy auténtico a la antigua usanza.
El viernes amanezco con la Panamérica preparada. En la bolsa he echado la tienda de campaña, el saco y todo lo necesario para pasar allí los días hasta el domingo. Amenaza algo de lluvia aunque menos frío del habitual, así que será un buen fin de semana. En años anteriores tenía por costumbre juntarme con los amigos alrededor uno de los mejores asados de cordero de Castilla y León en Sacramenia. Sin embargo, mi idea para este año es mucho más simple: dejar la moto quieta desde que llegue hasta que me vaya; disfrutar de la hoguera y hacer allí la parrilla con los amigos.
Johnny, un buen amigo y compañero del Harley Davidson Madrid Sur Chapter, me ha acompañado desde casa. Así es mucho más divertido.
Está a punto de caer el sol y llego un poco antes, así puedo montar la tienda con luz del día. Ya con todo listo me acerco a la carpa social para escuchar a los amigos que han sido llamados como invitados para compartir sus experiencias. Especialmente me gusta el rato pasado con Sonia, cuyas historias me encantan; y con Víctor, que tiene además una especial forma de comunicar.




El teléfono suena, los encuentros se suceden y las barbacoas se intercambian. El ambiente de la concentración se incrementa y la nebulosa formada por el humo de las hogueras lo envuelve todo, con ese aroma a madera quemada tan característico. Buena música en los conciertos, buena bebida y muy buen humor de los asistentes. Me encanta esta invernal.
Pero, para mi, no es todo anécdotas y barullo; es también intimismo. Me gustan los ratos de silencio bajo el cielo estrellado en este ambiente mágico; me gusta el tiempo conmigo mismo, recordando lo mejor y dejando que lo peor caiga en mi olvido. Y también soñar y hacer planes, que ni siquiera sé si podrán hacerse realidad.






El domingo amanece soleado. Ha sido una noche fría, pero he dormido muy a gusto en mi tienda; imagino que como consecuencia del buen equipo. De esto ya me convencí hace mucho tiempo. Con un cafecito en el Bar del Camping Hoces del Duratón que nos sabe a gloria, Johnny y yo ponemos rumbo a casa tras un fin de semana diferente. Ahora sí, ya tenemos inaugurado el año motero.
