Me encuentro rodando con la Asociación Española de Mototurismo (AEMOTUR). Estamos “Al Sur de Granada” y la noche se presenta larga y atractiva. El sol se ha escondido detrás de la línea del horizonte del Mediterráneo. En el chiringuito de madera de la playa de La Herradura escuchamos la guitarra de Joaquín mientras nos envuelve el relente de la noche. Hace buena temperatura y el cielo está iluminado por una enorme luna a la que le faltan unos días para completarse. Vamos por la segunda ronda y, mientras algunos prefieren los gintonics, yo sigo fiel al tequila añejo solo. Entre risas, recordamos las anécdotas de la jornada y comenzamos a envalentonarnos con el plan del día siguiente. Nos lanzamos a soñar despiertos lo que viviremos en apenas ocho horas. Finalmente lo decidimos: iremos a Cabo de Gata a degustar un arrocito en alguna playa perdida, de esas que son guijarros negros. Sabemos que no está cerca, pero ¿acaso importa?.
Amanece lluvioso. Con cuidado arrancamos nuestras motos y ponemos rumbo Almería siguiendo la autovía de la Costa Tropical. No queremos detenernos en ningún pueblo intermedio; sólo (al llegar a Almería) Edu y Luis piden parar a conocer la cinta de carga inglesa, que se encuentra en el puerto de mercancías. Al lado está también la francesa. Mientras disparamos alguna foto y estiramos las piernas, nos imaginamos un enorme buque amarrado cuya bodega está siendo cargada por rudos marineros.



Seguimos ruta para adentrarnos ya en la reserva de Cabo de Gata. Hace tiempo que tenía ganas de recorrerla, porque no la conocía. Circulamos por una pequeña carretera que avanza detrás de la línea de playa hasta el faro. Por el camino encuentro un poblado singular que me resulta familiar; es el utilizado en el rodaje de la serie española “Entre Tierras”. Un faro blanco junto al acantilado se muestra aparentemente el punto final; sin embargo, una pequeña pista nos lleva aún más lejos. El punto de destino está más elevado y la vista de la costa resulta espectacular. Hemos alcanzado la Torre de los Lobos.





Es preciso retornar un poco para seguir adelante, porque las prohibiciones del Parque Natural nos impiden seguir. Mirando el reloj para calcular bien el tiempo y no llegar tarde a nuestra cita gastronómica, nos detenemos en San José. Otro pequeño pueblo que me sorprende y me gusta para volver. Al rodearlo vemos cómo una señal muestra la dirección de unas playas con encanto natural. El asfalto se ha terminado y continua un pista que parece muy transitada en otras épocas del año… “¡habrá que seguirla!”, decimos. Y así llegamos hasta las playas de Los Genoveses y de Monsul. Desde luego que ha valido la pena.


Llegamos a tiempo a Las Negras. En el restaurante Las Barcas nos esperan con un par de arroces recién hechos. Nos han preparado una mesa en la terraza, prácticamente encima de la playa. Es el momento de bajar pulsaciones y relajarnos un poco.


De vuelta al hotel elegimos la carretera más sinuosa que nos podía ofrecer el mapa. Rodamos prácticamente sin compañía. Mi Harley de carburación va a su ritmo, y decidimos meternos por Tabernas y visitar un viejo poblado del Oeste. Hemos tirado la toalla en la carrera de llegar pronto al hotel. Cae la noche y una buena tormenta mientras volvemos, así que nos paramos en La Mamola a entrar en calor y descansar un poco. Es uno de estos pueblos tan auténticos de la Costa Tropical granadina que poca gente conoce.




Sin duda, ha sido una gran jornada de moto; un hervidero de un montón de anécdotas que de nuevo comenzaremos a contar en la cena de hermandad del grupo. Me encantan los viajes con AEMOTUR.
